¿Consumir para vivir o vivir para consumir?

Escrito por investigacionliquida 09-11-2011 en General. Comentarios (0)

El mercado de consumo está en constante guerra con la tradición. Se toman precauciones para evitar que los hábitos, incluso los más elevados, se vuelvan tradiciones. Como bien lo advirtió -al inicio de la etapa sólida de la modernidad- el sociólogo alemán Max Weber (1864-1920) “El tradicionalismo era el adversario más importante con que el espíritu del capitalismo tendría que habérselas”.

“El trabajador tradicional” no deseaba ganar cada vez más dinero, sino simplemente vivir como estaba acostumbrado a vivir, y ganar lo necesario para hacerlo. La oportunidad de ganar más era menos atractiva que la de trabajar menos. El trabajo era el medio para la felicidad. Y Si la felicidad consistía en alcanzar los estándares de vida que se conocían, ¿Por qué debería esforzarse y trabajar más duro cuando ya tenía lo que necesitaba?

Sin embargo, esa no era la lógica del empresario. Para éste, la capacidad productiva debía emplearse al máximo y toda capacidad desaprovechada era un desperdicio imperdonable. No obstante, cada vez que intentaba incrementar la productividad del trabajo (intensificando la labor de los trabajadores) se encontraba con una resistencia abrumadora.

Para superar semejante dificultad, para igualar la capacidad humana del trabajo con la creciente capacidad productiva de la tecnología moderna, el trabajo debió pasar de ser un medio a ser un fin (un fin absoluto, una vocación). Dejó de trabajarse para vivir (para ser feliz) y se comenzó a vivir para trabajar. Nació una nueva ética del trabajo. El trabajo pasó a “dignificar” (y no hacer feliz) al hombre.

Hoy en día, en el mundo moderno líquido, podemos decir que el adversario más importante con el que debe habérselas el capitalismo contemporáneo es “El consumidor tradicional”: Aquel consumidor que actúa como si los bienes que se ofrecen en el mercado sirvieran para lo que se publicita que sirven: ¡satisfacer necesidades! Aquel consumidor para el cual la meta de la carrera hacia la felicidad es poder llegar a decir: “Tengo todo lo que necesito, basta de tanto bullicio, me quedo tranquilo”.

Para anular a este consumidor tradicional, ahora le toca al consumo transformarse en un fin en sí mismo; en una necesidad imperiosa, compulsiva, adictiva, que no necesite –ni permita- una explicación racional. Debe ser, además, la única vocación; una vocación sin competencia, autónoma y absolutamente abarcadora; una vocación mediante la cual se deben medir y explicar la corrección y la incorrección, las victorias y las derrotas, los éxitos y los fracasos, la felicidad y la infelicidad.

La modernidad líquida ha despojado al trabajo de todo su encanto, y ahora, para suscitar dedicación, el trabajo debe disfrazarse de consumo: Simular entretenimiento; llenar el tiempo y el espacio de sorpresas, aventuras y “juguetes” fáciles de usar. Tal vez el consumo llegue a abolir por completo el lugar de trabajo, y a “disolverlo” en la vida misma: Una vida dedicada al consumo.

De Zygmunt Bauman, La sociedad sitiada (FCE: Argentina, 2004)