Identidad líquida. Echar y levantar anclas

Escrito por investigacionliquida 28-03-2012 en General. Comentarios (0)

A diferencia de lo que sucede con el desarraigo y la extirpación, no hay nada irrevocable (y menos aún, definitivo) al levantar anclas.

Mientras que las raíces arrancadas de la tierra en que crecían acaban muy probablemente secándose y muriendo, las anclas se izan para volver a ser echadas en algún otro lugar, y permiten atracar con similar facilidad en múltiples puertos de escala, distintos y distantes.

Las raíces forman parte del diseño y la forma predeterminada de la planta (no hay posibilidad alguna de que de ellas crezca otro tipo de planta). Las anclas son sólo herramientas que facilitan el acoplamiento (o el desacoplamiento) temporal del barco a un lugar y, por sí solas, no definen ni las cualidades ni las capacidades del navío en cuestión.

Los periodos de tiempo transcurridos entre el momento en el que se arroja un ancla y el momento en que es elevada de nuevo no son más que fases en la trayectoria del barco.

La elección del puerto en que atracar a continuación viene determinada, muy probablemente, por la clase de carga que transporta la nave. El puerto que es bueno para un determinado tipo de cargamento puede ser del todo inapropiado para otro.

De tal suerte, la metáfora del ancla capta lo que la metáfora del desarraigo pasa por alto o no menciona: la continuidad y discontinuidad en la historia de  todas (o al menos, de un número creciente de) las identidades modernas.

Como barcos que echan anclas, sucesiva o intermitentemente en diversos puertos de escala, los “yos” individuales son sometidos, en cada parada subsecuente, a una comprobación y aprobación de sus credenciales por parte de las comunidades de referencia en las que buscan ser admitidos durante esa búsqueda de reconocimiento y confirmación que les lleva toda la vida.

Cada comunidad de referencia fija sus propios requisitos a propósito de la clase de papeles que se han de presentar.

El registro del barco y el cuaderno de bitácora del capitán suelen estar entre los documentos de los que depende tal aprobación, y con cada nueva parada, el pasado (constantemente inflado por los registros de las paradas precedentes) es reexaminado y revaluado.

Ni qué decir tiene que hay puertos –como también hay comunidades- que no son en absoluto exigentes en lo tocante a la comprobación de credenciales y en los que importa poco el destino pasado, presente o futuro de sus visitantes.

Esos lugares, están dispuestos a permitir el atraque de casi cualquier navío (o “identidad”), incluidos aquellos navíos (o “identidades”) que serían rechazados en la entrada de cualquier otro puerto (o en las puertas de acceso a cualquier otra “comunidad”).

Pero la idea de visitar tales puertos (y tales comunidades) suele ser poco sensata y es algo que conviene evitar, pues dada la aleatoriedad de la compañía que podemos encontrarnos ahí, descargar en ellos un cargamento valioso podría acabar resultando una decisión imprudente, puesto que tales visitas reportarían un escaso bagaje adicional a la hora de obtener el reconocimiento y la confirmación de la identidad, principal objetivo del viaje.

De Zygmunt Bauman, Mundo consumo. Ética del individuo en la aldea global (Paidós: Madrid, 2010)