Acuerdo entre el Principio de placer y el Principio de realidad

Escrito por investigacionliquida 02-12-2011 en General. Comentarios (1)

El “Principio de realidad”, según la célebre definición de Sigmund Freud, era el límite que se le fijaba al “Principio de placer”, un límite que quienes buscaban placer desenfrenado podían infringir sólo a riesgo personal. Según Freud

El ajustamiento del placer al Principio de realidad implica la sumisión y el ajuste de las destructivas fuerzas instintivas […] Bajo el principio de realidad, el ser humano (apenas un poco más que un conjunto de impulsos animales) se transforma en un ser “organizado”: Lucha por lo que es útil y lo que puede ser obtenido sin daño para sí mismo y su ambiente vital; desarrolla la función de la razón; aprende a probar la realidad y a distinguir lo que es bueno de lo malo, lo verdadero de lo falso, lo útil de lo nocivo.

Ambos principios, el de placer y el de realidad, tenían propósitos enfrentados: Ni los administradores de las fábricas capitalistas ni a los predicadores de la razón moderna se les ocurría que estos dos enemigos pudieran llegar a un acuerdo y a convertirse en aliados; que el placer pudiera transformarse milagrosamente en el pilar de la realidad ni que la búsqueda de placer pudiera convertirse en el instrumento principal (y suficiente) de la conservación del orden.

Pero en eso precisamente, ha llegado a consistir la sociedad de consumo: En poner el “Principio del placer” al servicio del “Principio de realidad”; enganchar al deseo (indómito y volátil) al carro del orden social, utilizando la espontaneidad (con toda su fragilidad e inconsistencia) como material para construir un orden sólido y duradero, a prueba de conmociones. En vez de combatir los enojosos y obstinados –aunque probablemente invencibles- anhelos humanos, los convirtió en guardianes del orden racional, fieles y racionales (por ser asalariados).

¿Cómo sucedió esta increíble transformación?

Primero vino la reclasificación de los deseos humanos: Eso que alguna vez había sido un costo irritante, pero inevitable, pasó a escribirse en los libros de contabilidad del lado de los beneficios. El capitalismo descubrió que la urgente necesidad de distracciones (anteriormente, el mayor azote de la actividad productiva) podía transformarse en la principal fuente de ganancias una vez que pasara a explotar a los consumidores en lugar de los productores.

Lejos de dominar y reprimir los deseos, la sociedad de consumo los ha liberado, haciendo que la gente viva con “mayor” libertad; más aún, les ha dado rienda suelta, y los ha llevado más allá de todo límite.

El “comportamiento impulsivo” (ese espectro en el mundo de los productores, las libretas de ahorro y las inversiones a largo plazo) está llamado a ser el principal factor de cálculo racional en el universo de los consumidores, las tarjetas de crédito y la satisfacción instantánea.

La fragilidad y la precariedad inherentes a la vida dedicada a la búsqueda de placeres y distracciones han dejado de ser la mayor amenaza a la estabilidad del orden social, para convertirse en su principal sostén.

De Zygmunt Bauman, La sociedad sitiada (FCE: Buenos Aires, 2004)