Investigación Líquida

estado

El votante promedio (¿La mayoría satisfecha? Parte Final)

Escrito por investigacionliquida 21-06-2012 en General. Comentarios (0)

La prestación universal de los beneficios sociales dio vida al Estado benefactor. La prestación selectiva (otorgada a través de la investigación del estado financiero de una persona para determinar si tenía o no derecho a recibir asistencia pública) se la quitó.

Primero, se le negó a las clases medias el acceso igualitario a determinadas prestaciones colectivas. Luego, lo pobres fueron los únicos que pasaron a beneficiarse de ellas. Después, las cifras destinadas a tales prestaciones disminuyeron más y más (según la regla de que “los programas para pobres, son programas pobres ”) Finalmente, la última etapa se cumplió cuando, una vez evaporada la universalidad de los beneficios estatales, las clases medias (a las que ya no interesaba su continuidad) promovieron la abolición del Estado benefactor.

El mensaje implícito de la selectividad de los beneficios fue, y sigue siendo, que la necesidad de asistencia social indica el fracaso para vivir al nivel de la mayoría (que no parece tener dificultades para alcanzarlo). Solicitar un beneficio es, por lo tanto, admitir ese fracaso. Es tomar una decisión vergonzante, es automarginarse, porque la mayor parte de la gente nunca parece recurrir al erario público por ayuda.

De tal suerte, la perspectiva de solicitar beneficios no resulta atractiva, y esto hace que cualquier otra alternativa parezca más deseable y razonable, sin importar su calidad. Con el surgimiento de la sociedad de consumo, en esa alternativa está la diferencia.

El consumismo valora, más que nada, la elección: elegir, esa modalidad puramente formal, pasa a ser un valor en sí  mismo, tal vez el único valor de esa cultura que no requiere –ni permite- justificación.

La elección es el metavalor de la sociedad de consumo; el valor que mide y jerarquiza a los demás. El buen consumidor es el que aprecia el derecho a elegir más que el objeto que elegirá, y celebra sus visitas al mercado como la pública manifestación de su sabiduría.

Inversamente, una situación sin elección (la necesidad de tomar lo que se recibe sólo porque a uno no se le ofrece otra cosa) es, en consecuencia, el antivalor en la sociedad de consumo. Así, aunque los servicios del Estado benefactor fueran de calidad muy superior a cualquiera, cargarían siempre con una falla fundamental: Les falta la –supuestamente- libre elección del consumidor.

La forma en que el votante promedio considera el equilibrio entre la elección y los beneficios sociales hace menos atractiva (todavía) la alternativa de recurrir a (y preservar) los servicios del Estado benefactor.

Adaptado libremente de Zygmunt Bauman, Trabajo, consumismo y nuevos pobres (Gedisa: Barcelona, 1999)

Ascenso y caída del Estado benefactor (¿La mayoría satisfecha? 2ª parte)

Escrito por investigacionliquida 07-06-2012 en General. Comentarios (0)

Para las instituciones administradas y financiadas por el Estado, el adjetivo “benefactor” imponía la responsabilidad de atender el bienestar público, un bienestar que, en tanto público, debía ser visto e identificado por todos.

El Estado benefactor debía garantizar, colectivamente, la supervivencia digna de todos los individuos, como una especie de póliza de seguro que prometía compensaciones proporcionales a las necesidades individuales, y no al monto de las cuotas pagadas por cada uno.

Para que los preceptos del Estado benefactor fueran realistas, era preciso sacar de apuros a quien le fuera mal. También se debía ayudar a los que se encontraban transitoriamente desocupados a sobrellevar los tiempos difíciles, hasta que la economía se recuperara y se ampliara, nuevamente, la disponibilidad de puestos de trabajo.

Sin embargo, cuando la transformación del derecho a una vida digna se convirtió en una cuestión de ciudadanía política, y no en una consecuencia del desempeño económico –socialmente útil, y que sólo se consideraba posible en el marco de un empleo- empezaron las dificultades para el Estado benefactor.

Para los responsables de garantizar colectivamente el bienestar individual, la ayuda del Estado benefactor representaba una especie de salario social, que estimulaba la aceptación de la desigualdad social y ayudaba a cada integrante de la comunidad a paliar el impacto desgastante de una economía sin control político.

Para los partidarios de la ética del trabajo, el derecho a una vida digna –y el consecuente bienestar individual- debía emanar de una vida sostenida por el trabajo (y del dinero que se gana trabajando).

La contradicción entre ambos enfoques era evidente y no sorprende por eso que, desde su instauración a comienzos del Siglo XX, el Estado benefactor haya sido objeto de polémicas, proclamado por algunos como el complemento necesario de la ética del trabajo; por otros, como una conspiración política en su contra.

Pero si bien hay quienes señalan que el Estado benefactor llegó a ser todo eso y mucho más, cabe señalar que la lógica del Estado benefactor reconocía el carácter normal de una vida sostenida por el trabajo, pero advertía, también, que la norma no era universalmente válida debido a que no todos lograban un empleo permanente.

En un mundo ideal (ese que casi siempre prometen los grupos políticos que aspiran al poder), en el que el desempleo resulta cosa pequeña, el Estado benefactor no habría encontrado grandes dificultades.

En el mundo real con el que tuvo que lidiar (ese en el que los índices de desempleo están siempre a la alza) la reducida comunidad de los “empleados” y contribuyentes empezó a cerrar filas y utilizar su poder para encarar al Estado benefactor y segregar a los ciudadanos "deficientes".

El veredicto indignado y moralista que ha servido de reclamo a "los exitosos" fue –y sigue siendo hasta ahora- “Que no se les saque el dinero a los emprendedores y exitosos, para dárselo a los ociosos, fracasados e indolentes”.

De Zygmunt Bauman, Trabajo, consumismo y nuevos pobres (Gedisa: Barcelona, 1999)