Investigación Líquida

Investigación Líquida en Megaciudades de América

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Una postura vital

Escrito por investigacionliquida 05-01-2012 en General. Comentarios (0)

Vivir en el presente y por el presente; vivir para sobrevivir y para obtener satisfacción, sin margen para preocuparse por ninguna otra cosa que aquello que pueda ser consumido y disfrutado en el acto: aquí y ahora.

La velocidad, y no la duración, es lo que importa. El mundo no conoce, ni admite, límites a la rapidez. A la velocidad correcta, es posible asegurar las necesarias –e ineludibles- facultades de supervivencia y gratificación (se necesita gratificación para seguir sobreviviendo y se necesita sobrevivir para obtener  más gratificación).

Si nos movemos con la suficiente rapidez y no nos detenemos a mirar atrás para hacer un recuento de las ganancias y las pérdidas, podemos seguir apiñando aún más vidas “analógicas” o “de celuloide” en el espacio temporal de nuestra vida mortal.

Las nuevas dietas mejoradas, los aparatos de gimnasia, la sustitución de un Mini por un Todoterreno (o al revés), el aumento y la disminución del tamaño de los pechos y la adopción de un vocabulario sorprendentemente novedoso con el cual formular confesiones públicas de turbaciones del alma, son cosas que sirven a la perfección.

Pero si estamos hartos de todo aquello de lo que ya hemos disfrutado hasta el momento (el yoga, el budismo, el zen, la contemplación, Mao) siempre podemos adentrarnos (con la ayuda de la tecnología, por supuesto) en los misterios del sufismo, la cábala o el sunismo para robustecer nuestras decaídas ganas de deseo.

Pero si todas esas varitas mágicas no resultan ser suficientes o, a pesar de su facilidad de uso, son consideradas demasiado tediosas o lentas, no hay por qué preocuparse: existen drogas que prometen una visita inmediata (aunque breve) a la eternidad (de la que, con un poco de suerte, habrá otras drogas que nos garanticen un billete de regreso).

¿Para qué otra cosa (sino) resultan el ajetreo y la obsesión por el reacondicionamiento, la renovación, el reciclaje y la puesta a punto de la identidad? La vida líquida es, sin duda, una vida devoradora.

De Zygmunt Bauman, Vida Líquida (Paidós: Barcelona, 2006)

Una idea de comunidad

Escrito por investigacionliquida 14-12-2011 en General. Comentarios (1)

Las palabras tienen significados, pero algunas palabras producen además una “sensación”. La palabra comunidad es una de ellas. Produce una buena sensación: sea cual sea el significado de comunidad, se siente bien “tener una comunidad”, “estar en comunidad”, “ser parte de la comunidad”.

La comunidad es un lugar “cálido”, un lugar acogedor y confortable. Es como un tejado bajo el cual cubrirse cuando llueve mucho, o como una fogata ante la cual podemos calentar nuestras manos en un día helado.

Allá afuera, en la calle, acechan todo tipo de peligros: tenemos que estar alerta cuando salimos, vigilar con quién hablamos y quién nos habla, estar en guardia en todo momento. Aquí dentro, en comunidad, podemos relajarnos; nos sentimos seguros, no hay peligros emboscados en rincones oscuros.

En una comunidad todos nos entendemos bien. Podemos confiar en lo que oímos, estamos seguros la mayor parte del tiempo y rarísima vez sufrimos perplejidades o sobresaltos. Nunca somos extraños los unos para los otros. No discutimos sino es para mejorar y hacer nuestra convivencia más amable de lo que ha sido en el pasado. Y si bien nos guía el mismo deseo de mejorar nuestra vida en común, jamás nos deseamos mala suerte por el simple hecho de no siempre estar de acuerdo en cuál es la mejor forma de hacerlo.

En comunidad, podemos estar seguros de que todos los que nos rodean nos desean lo mejor.

Adaptado libremente de Zygmunt Bauman, Comunidad. En busca de seguridad en un mundo hostil (Siglo XXI: Madrid, 2009)

Acuerdo entre el Principio de placer y el Principio de realidad

Escrito por investigacionliquida 02-12-2011 en General. Comentarios (0)

El “Principio de realidad”, según la célebre definición de Sigmund Freud, era el límite que se le fijaba al “Principio de placer”, un límite que quienes buscaban placer desenfrenado podían infringir sólo a riesgo personal. Según Freud

El ajustamiento del placer al Principio de realidad implica la sumisión y el ajuste de las destructivas fuerzas instintivas […] Bajo el principio de realidad, el ser humano (apenas un poco más que un conjunto de impulsos animales) se transforma en un ser “organizado”: Lucha por lo que es útil y lo que puede ser obtenido sin daño para sí mismo y su ambiente vital; desarrolla la función de la razón; aprende a probar la realidad y a distinguir lo que es bueno de lo malo, lo verdadero de lo falso, lo útil de lo nocivo.

Ambos principios, el de placer y el de realidad, tenían propósitos enfrentados: Ni los administradores de las fábricas capitalistas ni a los predicadores de la razón moderna se les ocurría que estos dos enemigos pudieran llegar a un acuerdo y a convertirse en aliados; que el placer pudiera transformarse milagrosamente en el pilar de la realidad ni que la búsqueda de placer pudiera convertirse en el instrumento principal (y suficiente) de la conservación del orden.

Pero en eso precisamente, ha llegado a consistir la sociedad de consumo: En poner el “Principio del placer” al servicio del “Principio de realidad”; enganchar al deseo (indómito y volátil) al carro del orden social, utilizando la espontaneidad (con toda su fragilidad e inconsistencia) como material para construir un orden sólido y duradero, a prueba de conmociones. En vez de combatir los enojosos y obstinados –aunque probablemente invencibles- anhelos humanos, los convirtió en guardianes del orden racional, fieles y racionales (por ser asalariados).

¿Cómo sucedió esta increíble transformación?

Primero vino la reclasificación de los deseos humanos: Eso que alguna vez había sido un costo irritante, pero inevitable, pasó a escribirse en los libros de contabilidad del lado de los beneficios. El capitalismo descubrió que la urgente necesidad de distracciones (anteriormente, el mayor azote de la actividad productiva) podía transformarse en la principal fuente de ganancias una vez que pasara a explotar a los consumidores en lugar de los productores.

Lejos de dominar y reprimir los deseos, la sociedad de consumo los ha liberado, haciendo que la gente viva con “mayor” libertad; más aún, les ha dado rienda suelta, y los ha llevado más allá de todo límite.

El “comportamiento impulsivo” (ese espectro en el mundo de los productores, las libretas de ahorro y las inversiones a largo plazo) está llamado a ser el principal factor de cálculo racional en el universo de los consumidores, las tarjetas de crédito y la satisfacción instantánea.

La fragilidad y la precariedad inherentes a la vida dedicada a la búsqueda de placeres y distracciones han dejado de ser la mayor amenaza a la estabilidad del orden social, para convertirse en su principal sostén.

De Zygmunt Bauman, La sociedad sitiada (FCE: Buenos Aires, 2004)

 

¿Cómo se genera un consumidor? (1ª Parte)

Escrito por investigacionliquida 17-11-2011 en General. Comentarios (1)

Al dejar atrás las instituciones sólidas, tradicionales y premodernas de ubicación social (a saber, el ejército y la fábrica) que “condenaban” a hombres y mujeres a “apegarse” a su clase y a vivir según los estándares –pero nunca por encima de ellos-, La modernidad líquida ha cargado sobre los individuos la tarea de elaborar la propia identidad social (sino desde cero, al menos desde sus cimientos).

Inicialmente, en la etapa sólida de la modernidad, el ejército y la fábrica formaban a la gente para un comportamiento productivo, rutinario y monótono, y lo lograban limitando o eliminando toda posibilidad de elección. La responsabilidad del individuo se limitaba a respetar las fronteras entre ser un noble, un comerciante, un soldado mercenario, un artesano, un campesino arrendatario o un peón rural.

Una vez determinada, la identidad social podía construirse de una vez y para siempre y, al menos en principio, también debían definirse la vocación, el puesto de trabajo y las tareas para toda la vida. La construcción de la identidad habría de ser regular y coherente, pasando por etapas claramente definidas, y también debía serlo la carrera laboral.

La identidad social tenía como determinantes centrales la herencia, la capacidad para el trabajo, el lugar que se ocupara en el proceso de producción, y el proyecto elaborado a partir de todas las anteriores.

Sin embargo, a la llegada de la modernidad líquida, con la rápida disminución de los empleos que trajo aparejada consigo el progreso tecnológico (cuyo principio modernizador fue el “achicamiento” o reducción del personal), y con el reemplazo del servicio militar obligatorio por ejércitos pequeños integrados por profesionales voluntarios, el tipo de entrenamiento que aquellas instituciones destacaron en el pasado cayó en desuso y dejó de servir para “integrar” a hombres y mujeres al nuevo orden de las cosas.

Los empleos permanentes, seguros y garantizados, empezaron a ser la excepción, y los oficios de antaño, “de por vida”, incluso los hereditarios, de casta, quedaron confinados a unas pocas industrias y profesiones antiguas que cayeron en rápida nulidad.

No obstante, el paso de la sociedad moderna sólida (de productores) a una sociedad moderna líquida (de consumidores) no ha sido tajante; no todos los integrantes de la comunidad han tenido que abandonar un papel para asumir otro y, apenas hasta hace poco, sus consecuencias parecen percibirse como un gran terremoto, incluso como una amenaza existencial.

De Zygmunt Bauman, Trabajo, consumismo y nuevos pobres (Gedisa: Barcelona, 2000)

¿Consumir para vivir o vivir para consumir?

Escrito por investigacionliquida 09-11-2011 en General. Comentarios (0)

El mercado de consumo está en constante guerra con la tradición. Se toman precauciones para evitar que los hábitos, incluso los más elevados, se vuelvan tradiciones. Como bien lo advirtió -al inicio de la etapa sólida de la modernidad- el sociólogo alemán Max Weber (1864-1920) “El tradicionalismo era el adversario más importante con que el espíritu del capitalismo tendría que habérselas”.

“El trabajador tradicional” no deseaba ganar cada vez más dinero, sino simplemente vivir como estaba acostumbrado a vivir, y ganar lo necesario para hacerlo. La oportunidad de ganar más era menos atractiva que la de trabajar menos. El trabajo era el medio para la felicidad. Y Si la felicidad consistía en alcanzar los estándares de vida que se conocían, ¿Por qué debería esforzarse y trabajar más duro cuando ya tenía lo que necesitaba?

Sin embargo, esa no era la lógica del empresario. Para éste, la capacidad productiva debía emplearse al máximo y toda capacidad desaprovechada era un desperdicio imperdonable. No obstante, cada vez que intentaba incrementar la productividad del trabajo (intensificando la labor de los trabajadores) se encontraba con una resistencia abrumadora.

Para superar semejante dificultad, para igualar la capacidad humana del trabajo con la creciente capacidad productiva de la tecnología moderna, el trabajo debió pasar de ser un medio a ser un fin (un fin absoluto, una vocación). Dejó de trabajarse para vivir (para ser feliz) y se comenzó a vivir para trabajar. Nació una nueva ética del trabajo. El trabajo pasó a “dignificar” (y no hacer feliz) al hombre.

Hoy en día, en el mundo moderno líquido, podemos decir que el adversario más importante con el que debe habérselas el capitalismo contemporáneo es “El consumidor tradicional”: Aquel consumidor que actúa como si los bienes que se ofrecen en el mercado sirvieran para lo que se publicita que sirven: ¡satisfacer necesidades! Aquel consumidor para el cual la meta de la carrera hacia la felicidad es poder llegar a decir: “Tengo todo lo que necesito, basta de tanto bullicio, me quedo tranquilo”.

Para anular a este consumidor tradicional, ahora le toca al consumo transformarse en un fin en sí mismo; en una necesidad imperiosa, compulsiva, adictiva, que no necesite –ni permita- una explicación racional. Debe ser, además, la única vocación; una vocación sin competencia, autónoma y absolutamente abarcadora; una vocación mediante la cual se deben medir y explicar la corrección y la incorrección, las victorias y las derrotas, los éxitos y los fracasos, la felicidad y la infelicidad.

La modernidad líquida ha despojado al trabajo de todo su encanto, y ahora, para suscitar dedicación, el trabajo debe disfrazarse de consumo: Simular entretenimiento; llenar el tiempo y el espacio de sorpresas, aventuras y “juguetes” fáciles de usar. Tal vez el consumo llegue a abolir por completo el lugar de trabajo, y a “disolverlo” en la vida misma: Una vida dedicada al consumo.

De Zygmunt Bauman, La sociedad sitiada (FCE: Argentina, 2004)