Investigación Líquida

Investigación Líquida en Megaciudades de América

New York. Los Ángeles. Ciudad de México. Sao Paulo. Río de Janeiro y Buenos Aires

Amor y consumo

Escrito por investigacionliquida 24-02-2012 en General. Comentarios (0)

La mayoría de nosotros estamos abrumados por las preocupaciones que surgen de nuestra relación diaria con los jefes, los compañeros de trabajo o los clientes. Y la mayoría de nosotros llevamos esas preocupaciones encima (en nuestras computadoras portátiles y nuestros teléfonos celulares) a donde quiera que vamos: a casa, a los paseos de fin semana, a los hoteles de vacaciones.

Nunca nos alejamos tanto de la oficina como para que no nos alcance una llamada o un mensaje telefónico. Estamos todo el tiempo al servicio incondicional de las relaciones laborales.

Conectados como estamos, de forma perpetua, a la red de la oficina, no tenemos excusas para no pasar el sábado y el domingo trabajando en el informe o el proyecto que deberá estar listo para entregarse el lunes.

La “hora de cierre de la oficina” no llega nunca. Las fronteras, otrora sacrosantas, que separaban la casa de la oficina –el tiempo laborable del llamado “tiempo libre”- se han esfumado casi por completo, de manera tal que cada momento de la vida deviene en un momento de elección (una elección grave, dolorosa y, a menudo, fundamental): la elección entre los deberes laborales y las demandas de las personas que necesitan de nuestro tiempo, compasión y cuidado.

Obviamente, los mercados de consumo no resolverán estos dilemas. Sin embargo, esos mercados pueden y anhelan ayudarnos a mitigar los remordimientos de conciencia, mediante los regalos que ofrecen en las tiendas o en internet, que podemos comprar y usar para alegrar y hacer sonreír a las personas que están hambrientas de nuestro amor.

Estamos entrenados para esperar que los presentes suministrados por las tiendas compensen a nuestros seres queridos por todas las horas cara a cara, o mano en mano, que deberíamos haberles ofrecido pero que no les dimos.

No obstante, siempre quedará el consuelo de que cuánto más costosos sean los regalos, mayor será la compensación que el dador espera ofrecer a sus destinatarios y, en consecuencia, más fuerte será el impacto apaciguador y tranquilizante en los remordimientos de conciencia que experimenta el dadivoso.

De Zygmunt Bauman, Daños colaterales. Desigualdades sociales en la era global (FCE: Madrid, 2011)

Amor líquido

Escrito por investigacionliquida 14-02-2012 en General. Comentarios (1)

Un mensaje parpadea en la pantalla a la espera urgente de respuesta. Sus deditos están siempre ocupados: usted aprieta teclas, llama a nuevos números para contestar a sus llamadas o para enviar sus propios mensajes. Usted está conectado.

Usted jamás pierde de vista su celular. Su ropa deportiva tiene un bolsillo especial para contenerlo, y salir a correr con ese bolsillo vacío sería como salir descalzo. De hecho, usted no va a ninguna parte sin su celular (“ninguna parte” es, en realidad, un espacio sin celular, un espacio fuera del área de cobertura). Y una vez que usted tiene su celular, ya nunca está afuera. Usted siempre está adentro.

Todos hemos visto, oído y aún escuchado, a pesar nuestro, a los que hablan sin parar por sus teléfonos. Hombres exitosos, deseosos de mantenerse ocupados y parecer eficientes, es decir, ser capaces de conectarse con la mayor cantidad posible de usuarios de celulares y de demostrar cuántos de esos usuarios están dispuestos a aceptar su llamada.

O adolescentes de ambos sexos y jóvenes que informan a sus hogares por cuál estación acaban de pasar y hacia cuál se dirigen. Uno diría que están contando los minutos que los separan de sus seres queridos y que no ven la hora de poder mantener esas conversaciones cara a cara.

Pero no es así. Esas charlas no preparan el terreno para algo real: Son lo real… Muchos de esos jóvenes anhelantes de informar a sus invisibles interlocutores acerca de su paradero, ni bien llegan a sus hogares, corren a sus cuartos a cerrar la puerta con llave tras de sí.

La proximidad virtual y la no-virtual han intercambiado sus lugares: ahora la proximidad en su variante virtual se ha convertido en una realidad. La proximidad no-virtual se queda muy corta respecto de los rígidos estándares de no intromisión y flexibilidad que la proximidad virtual ha establecido.

Por tal razón, los hogares ya no resultan un oasis de intimidad en medio del desierto árido de la despersonalización. Ya no son un lugar de recreación compartido, de amor y amistad. Los hogares son ahora un ámbito de disputas territoriales. Ya no son el obraje de construcción de la unidad, sino un conjunto de búnkeres fortificados.

Cuanto más atención y esfuerzos de aprendizaje consume la proximidad del tipo virtual, menos tiempo se dedica a la adquisición y ejercicio de las habilidades que la proximidad no-virtual requiere. “Estar conectado” es más simple que “Estar relacionado”, pero también bastante menos provechoso en la construcción de vínculos y su conservación.

Adaptado libremente de Zygmunt Bauman, Amor líquido (FC: México, 2007)

El lugar aumenta su valor

Escrito por investigacionliquida 10-02-2012 en General. Comentarios (0)

Para las élites (empresariales, comerciales, financieras) ágiles y volátiles que practican (y promueven) el arte de la Vida líquida, el lugar –como tal- parece haber perdido su importancia. Para su cometido, no hay determinación espacial. Sólo les compete trasladar su empresa allí donde vislumbran la posibilidad de mejorar sus dividendos y dejar a los que están atados al lugar (los empleados, los proveedores, los lugareños) las tareas de lamer las heridas, reparar los daños y ocuparse de los desechos.

No obstante, pareciera que, en este destino tramado por el mercado, el consumo y el desecho, el lugar aumentara su valor.

Si la seguridad –como todos los aspectos de la vida humana en un mundo implacablemente individualizado y privatizado- entra en el ámbito del “hágalo usted mismo”, la defensa del lugar (considerada la condición necesaria de toda seguridad) debe ser entonces un asunto del vecindario: Una cuestión comunal.

Y si bien es posible alcanzar y abandonar instantáneamente cualquier lugar (a medida que las cambiantes instituciones de la moderna economía global disminuyen la experiencia de pertenecer a algún lugar en especial), también pueden ser permisibles los intentos por evitar que hagan algo al lugar propio.

Allí dónde ha fracasado el Estado (como garante de un seguro colectivo frente a la desgracia individual) quizás la comunidad, la comunidad local, la comunidad físicamente tangible, material, encarnada en un territorio habitado por sus miembros y por nadie más, provea el sentimiento de seguridad que el mundo globalizado, en sentido amplio, evidentemente conspira por destruir.

Incluso los miembros de las élites trotamundos (los posmodernos vagabundos y turistas) necesitan reposo entre sus angustiosos y estresantes viajes, un tiempo en el que puedan dejar las armas y sus “gadgets”, y descansar para recuperar su agotada capacidad de resistir la tensión cotidiana. Para eso, necesitan un lugar seguro y propio.

Quizás no les importen los demás lugares, los lugares de los otros, pero ese lugar especial, su propio lugar, ese sí que les importa.

Quizás también les venga ocurriendo que saber cuán flexibles e indefendibles son los lugares de otra gente haya hecho más acuciante su necesidad de fortificar, hacer infalible e inexpugnable ese lugar propio especial.

Adaptado libremente de Zygmunt Bauman (Vida líquida, 2006; La sociedad sitiada, 2004, y Comunidad, 2003)

 

La era del espacio

Escrito por investigacionliquida 31-01-2012 en General. Comentarios (0)

La era del espacio comenzó con la Muralla China y el Muro de Adriano de los antiguos imperios Chino y Británico, respectivamente. Continuó con los fosos, los puentes levadizos y las torretas de las ciudades medievales. Alcanzó su punto más alto con las líneas de Maginot y Sigfrido (a lo largo de las fronteras entre Alemania, Francia e Italia). Y desembocó en el Muro de Berlín y el Muro Atlántico (los muros de los bloques militares supranacionales).

Durante esas épocas, el territorio fue siempre el recurso más preciado; el premio mayor de toda lucha por el poder; la marca que distinguía a los vencedores de los vencidos.

Pero, sobre todo, el territorio fue, durante toda la era, la principal garantía de seguridad: las medidas de seguridad se pensaban e implementaban en términos de la extensión y las particularidades del territorio controlado.

La era del espacio fue la época de “la impenetrable tierra interior” y de la privacidad del “hogar, dulce hogar”. El poder era territorial. El espacio propio era un espacio con fronteras que era posible ajustar e impermeabilizar. Se podía, en efecto, impedir la intrusión, y regular y controlar estrictamente la entrada. Cualesquiera que fuesen las amenazas de las que uno quisiera huir u ocultarse, éstas no osarían trasponer los límites territoriales establecidos.

Todo eso se acabó. De hecho, se ha terminado hace bastante. Y no es que hubiera escasez de signos que nos advirtieran de ello, pero se hizo evidente de una manera efectiva y definitiva sólo a partir de los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 en la Ciudad de Nueva York.

Los hechos del 11 de septiembre dejaron claro que ya nadie, por más rico en recursos, distante e independiente que sea, puede cortar amarras con el resto del mundo.

La capacidad protectora del espacio es ahora un arma de doble filo: Nadie puede ocultarse de los ataques, y nadie está lo suficientemente lejos como para impedir que aquellos sean planeados y dirigidos allí a distancia.

Los lugares ya no protegen, no importa cuan fuerte armados y fortificados estén. La fuerza y la debilidad, la amenaza y la seguridad, se han convertido, esencialmente, en problemas extraterritoriales (y difusos) que eluden toda solución territorial (y nítida).

De Zygmunt Bauman, La sociedad sitiada (Buenos Aires: FCE, 2004)

Miedo líquido

Escrito por investigacionliquida 19-01-2012 en General. Comentarios (0)

Así es. Saber que este mundo en el que vivimos es temible no significa que vivamos atemorizados (al menos no las 24 horas del día y los siete días de la semana). Disponemos de suficientes artimañas astutas (“chismes” ingeniosos que amablemente nos proporcionan los comerciantes) para ayudarnos a evitar tan siniestra eventualidad.

Una de esas artimañas es aquella que Thomas Mathiesen ha llamado el “Silenciamiento silencioso”, un proceso que logra que los riesgos inminentes del mundo moderno (entre los más destacados, el daño al ambiente y la disolución social) en vez de ruidosos, sean callados; que sean ocultos en vez de abiertos; que en vez de apreciarse, pasen inadvertidos; que en vez de verse, pasen sin ser vistos; que en vez de físicos, sean no físicos (un asunto de percepción).

Junto a procesos sigilosos como ese, nuestra sociedad moderna líquida se ha establecido como un artefacto que trata de hacernos llevadero el vivir con miedo pues, para empezar –como ha ocurrido con todo lo demás en la vida moderna líquida- ha convertido al miedo en algo temporal, que sólo está vigente “hasta nuevo aviso”.

El Miedo líquido dura lo que tarda en producirse el regreso de una nueva celebridad a la que hacía tiempo que no se recordaba, o de una canción que había sido famosa mucho tiempo atrás y a la que ya habíamos perdido la pista, o lo que tarda en producirse el aniversario en números redondos del algún escritor o del algún pintor largamente olvidados y “excavados” para la ocasión, o la llegada de una nueva moda “retro”.

Por otra parte, y afortunadamente, son muchos más los “golpes” que se anuncian como inminentes que aquellos que llegan finalmente a “golpear”, por lo que siempre esperamos que el azote que se anuncia en ese momento nos pase de largo.

¿Conocemos a alguien cuyo ordenador haya quedado inservible por culpa del siniestro efecto “Y2K”? ¿Con cuántas personas nos hemos encontrado que hayan caído enfermas por culpa de los ácaros en la alfombra? ¿Cuántos de nuestros amigos han muerto del mal de las vacas locas? ¿Cuántos de nuestros conocidos han enfermado o sufrido alguna discapacidad por culpa de los alimentos transgénicos? ¿Quién entre nuestros vecinos y amistades ha sido agredido y mutilado por los “malignos” migrantes, solicitantes de asilo?

Los pánicos vienen y van, y por espantosos que sean, siempre es posible presuponer, con toda seguridad, que compartirán la suerte de todos los anteriores. Además, son muchos los miedos que entran en nuestras vidas acompañados de los remedios de los que a menudo oímos hablar antes de que hayamos tenido tiempo de asustarnos de los males que esos remedios prometen solucionar.

La economía de consumo depende de la producción de consumidores. Y los consumidores que hay que producir para el consumo de productos “contra el miedo” tienen que estar atemorizados y asustados, al tiempo que esperanzados de que los peligros que tanto temen puedan ser forzados a retirarse y de que ellos mismos sean capaces de obligarlos a tal cosa (con la ayuda pagada de su bolsillo, claro está).

De Zygmunt Bauman, Miedo Líquido (Paidós: Madrid, 2007)