Investigación Líquida

Investigación Líquida en Megaciudades de América

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Consumo emocional

Escrito por investigacionliquida 09-05-2012 en General. Comentarios (0)

Los hijos son una de las compras más onerosas que un consumidor promedio puede permitirse en el transcurso de toda su vida. En términos puramente monetarios, los hijos cuestan más que un lujoso automóvil último modelo, un crucero alrededor del mundo y más que una mansión de la que uno pudiera jactarse.

Para colmo, en nuestros tiempos modernos, tener hijos es una decisión y no un accidente, circunstancia que suma ansiedad a la situación. Tener o no tener hijos es probablemente la decisión más estresante y generadora de tensiones a la que uno  pueda enfrentarse en el transcurso de su vida.

Uno tiende a pensarlo dos veces antes de firmar, y cuanto más se piensa, y más evidentes se hacen los riesgos que eso implica, más complicado resulta disipar esa sombra de duda que está condenada a contaminar cualquier alegría futura.

Para desconsuelo de los practicantes del consumo, el marcado de bienes y servicios no es capaz de ofrecer sustitutos válidos para los hijos, y los costos que no son económicos no pueden ser evaluados o calculados en absoluto.

Dichos costos (de la maternidad/paternidad) ponen en jaque todas las capacidades e inclinaciones de esta especie de operadores racionales que estamos entrenados para ser y nos esforzamos por ser.

Tener hijos implica renunciar o posponer otros seductores placeres consumibles de un atractivo aún no experimentado, un sacrificio en franca contradicción con los hábitos de un prudente consumidor.

Tener hijos implica sopesar el bienestar de otro, más débil y dependiente, implica ir en contra de la propia comodidad. La autonomía de nuestras propias preferencias se ve comprometida una y otra vez, año tras año, diariamente.

Tener hijos puede significar tener que reducir nuestras ambiciones profesionales, “sacrificar nuestra carrera”, ya que los encargados de juzgar nuestro rendimiento profesional nos mirarían con recelo ante el menor signo de lealtades divididas.

Lo que es más doloroso aún, tener hijos implica aceptar esa dependencia de lealtades divididas por un periodo de tiempo indefinido, y comprometerse irrevocablemente, sin clausula de “hasta nuevo aviso”, a un tipo de obligación que va en contra mismo de la moderna política de la vida líquida y que la mayoría de las personas evita celosamente en todo otro aspecto de sus vidas.

Despertar a ese compromiso puede ser una experiencia traumática. La depresión posnatal y las crisis maritales (o de pareja) posparto parecen ser “dolencias líquidas”, como la anorexia, la bulimia e innumerables formas de alergia.

Sacado de contexto de Zygmunt Bauman, Amor líquido (FCE: México, 2007)

Consumo turístico y vacacional (o la infelicidad de placeres inciertos)

Escrito por investigacionliquida 18-04-2012 en General. Comentarios (0)

La centralidad del turismo en la sociedad capitalista contemporánea, junto con otras formas de movilidad, le permite funcionar como una lente a través de la cual podemos entender amplios procesos sociales y culturales del mundo moderno.

Vincular al turismo con la búsqueda del placer y la felicidad, hace del turismo una predilección natural y una preocupación permanente de los seres humanos.

La búsqueda del placer y la felicidad parece ser, simultáneamente, la causa necesaria y suficiente de que los seres humanos se nieguen a quedarse quietos, y el principal estímulo para esforzarse y afrontar los riesgos que implica toda búsqueda, experimentación, descubrimiento e invención de nuevas maneras de ser.

Esta convicción folclórica suele repetirse una y otra vez de forma acrítica, y los estudios turísticos más populares y celebrados no hacen más que reconfirmarla y reforzarla.

No obstante, lo que esa convicción deja fuera es el hecho de que la idea de la felicidad y la búsqueda del placer representan, inherente e incurablemente, una crítica continúa de la realidad. La búsqueda de la felicidad hace que cualquier realidad en que uno piense “se quede corta”, o “no esté a la altura”.

Esa crítica de la realidad nos salva de los placeres momentáneos que nos ofrecen los folletos vacacionales (los placeres tienen corta vida, y no podría ser de otra manera; está en la naturaleza del placer el ser volátil), y del consejo de gente que se encuentra por el camino, ya que, son tantos lo que yerran, que seguir el ejemplo de los otros podría conducirlo a uno a la ruina.

En lo tocante a la felicidad, los números no tienen ninguna autoridad. Uno no puede guiarse por la opinión de la mayoría. La manada es el último lugar en el que podría encontrarse el modelo de la vida feliz.

De hecho, la misma idea de “coerción”, como muchos la entendemos, representa todo aquello que evita que la gente haga lo que habría hecho si se le hubiera permitido buscar libremente su felicidad.

Adaptado libremente de Zygmunt Bauman, La sociedad sitiada (FCE: Buenos Aires, 2004)

Identidad líquida. Echar y levantar anclas

Escrito por investigacionliquida 28-03-2012 en General. Comentarios (0)

A diferencia de lo que sucede con el desarraigo y la extirpación, no hay nada irrevocable (y menos aún, definitivo) al levantar anclas.

Mientras que las raíces arrancadas de la tierra en que crecían acaban muy probablemente secándose y muriendo, las anclas se izan para volver a ser echadas en algún otro lugar, y permiten atracar con similar facilidad en múltiples puertos de escala, distintos y distantes.

Las raíces forman parte del diseño y la forma predeterminada de la planta (no hay posibilidad alguna de que de ellas crezca otro tipo de planta). Las anclas son sólo herramientas que facilitan el acoplamiento (o el desacoplamiento) temporal del barco a un lugar y, por sí solas, no definen ni las cualidades ni las capacidades del navío en cuestión.

Los periodos de tiempo transcurridos entre el momento en el que se arroja un ancla y el momento en que es elevada de nuevo no son más que fases en la trayectoria del barco.

La elección del puerto en que atracar a continuación viene determinada, muy probablemente, por la clase de carga que transporta la nave. El puerto que es bueno para un determinado tipo de cargamento puede ser del todo inapropiado para otro.

De tal suerte, la metáfora del ancla capta lo que la metáfora del desarraigo pasa por alto o no menciona: la continuidad y discontinuidad en la historia de  todas (o al menos, de un número creciente de) las identidades modernas.

Como barcos que echan anclas, sucesiva o intermitentemente en diversos puertos de escala, los “yos” individuales son sometidos, en cada parada subsecuente, a una comprobación y aprobación de sus credenciales por parte de las comunidades de referencia en las que buscan ser admitidos durante esa búsqueda de reconocimiento y confirmación que les lleva toda la vida.

Cada comunidad de referencia fija sus propios requisitos a propósito de la clase de papeles que se han de presentar.

El registro del barco y el cuaderno de bitácora del capitán suelen estar entre los documentos de los que depende tal aprobación, y con cada nueva parada, el pasado (constantemente inflado por los registros de las paradas precedentes) es reexaminado y revaluado.

Ni qué decir tiene que hay puertos –como también hay comunidades- que no son en absoluto exigentes en lo tocante a la comprobación de credenciales y en los que importa poco el destino pasado, presente o futuro de sus visitantes.

Esos lugares, están dispuestos a permitir el atraque de casi cualquier navío (o “identidad”), incluidos aquellos navíos (o “identidades”) que serían rechazados en la entrada de cualquier otro puerto (o en las puertas de acceso a cualquier otra “comunidad”).

Pero la idea de visitar tales puertos (y tales comunidades) suele ser poco sensata y es algo que conviene evitar, pues dada la aleatoriedad de la compañía que podemos encontrarnos ahí, descargar en ellos un cargamento valioso podría acabar resultando una decisión imprudente, puesto que tales visitas reportarían un escaso bagaje adicional a la hora de obtener el reconocimiento y la confirmación de la identidad, principal objetivo del viaje.

De Zygmunt Bauman, Mundo consumo. Ética del individuo en la aldea global (Paidós: Madrid, 2010)

La responsabilidad planetaria

Escrito por investigacionliquida 21-03-2012 en General. Comentarios (0)

La lógica de la responsabilidad planetaria tiene como objetivo afrontar de manera directa –es decir, a su mismo nivel- los apremiantes problemas del mundo: La Territorialidad (migración, desplazamiento, globalización) El Consumismo (mercado, trabajo, pobreza) y Los Desechos (materiales y humanos).

Surge de asumir que es posible hallar y poner en práctica soluciones duraderas y verdaderamente eficaces a los problemas de alcance planetario.

En lugar de aspirar a controlar los daños y los beneficios locales que se desprenden de las caprichosas y aleatorias fuerzas económicas globales, lo que pretende es perseguir resultados en un nuevo espacio global, en el que las iniciativas económicas promulgadas en cualquier parte del planeta no sean mero capricho ni respondan exclusivamente a la búsqueda de ganancias momentáneas.

En resumidas cuentas, se trata de una lógica que tiene por objeto –por citar a Habermas- el desarrollo de “una política que esté a la altura de los mercados globales”.

Suponemos, sospechamos o nos hacemos una idea de qué es lo que hay que hacer, pero no podemos saber de qué manera acabará haciéndose ni qué forma adoptará.

Eso sí, podemos estar bastante seguros de que no será una forma familiar o conocida. Deberá ser diferente de todas aquellas a las que nos hemos acostumbrado.

Adaptado libremente de Zygmunt Bauman, Mundo consumo. Ética del individuo en la aldea global (Paidós: Madrid, 2010)

 

El re-espaciamiento del mundo

Escrito por investigacionliquida 01-03-2012 en General. Comentarios (0)

La llamada economía mundial de la actualidad –y actualmente hay una genuina economía mundial-, así como las élites económicas que la operan, avanzan gracias a los organismos estatales que no pueden imponer verdaderas condiciones para manejar “su economía” (mucho menos para poner obstáculos en el camino de aquellos que la manejan como les place): la economía es, efectivamente, trasnacional.

Prácticamente en cualquier Estado, la mayoría de los activos económicos indispensables para la vida diaria de su población son “extranjeros” (o, dada la eliminación de todas las limitaciones para la transferencia de capitales, pueden convertirse en extranjeros de la noche a la mañana).

Cuanto más fragmentadas son las unidades estatales, más débil y estrecho será el ámbito de control de su respectivo territorio, y más libre aún el flujo global de capital y mercancías.

En tales circunstancias, el Estado sólo vigila que haya condiciones ordenadas en su territorio. El preciado ordenamiento del territorio cada vez más resulta apenas una estrategia para convertir al territorio en estación de paso para el viaje mundial de bienes y dinero administrados por las compañías multinacionales –o mejor dicho, no nacionales.

Lo que queda de administración económica en la política del Estado se reduce a ofertas competitivas de condiciones lucrativas y de placer lo bastante seductoras para atraer al capital viajero y convencerlo de hacer una parada más y quedarse un poco más del tiempo necesario para que el avión se reabastezca de combustible.

Está visto que, el control de los modernos procesos de espaciamiento mundial demanda, ante todo, impuestos bajos, mano de obra barata y dócil, tasas de interés favorables, y –no menos importante- diversión para los gerentes que viajan con todos los gastos pagados.

De Zygmunt Bauman, Ética posmoderna (Siglo XXI: México, 2005)