Investigación Líquida

El votante promedio (¿La mayoría satisfecha? Parte Final)

La prestación universal de los beneficios sociales dio vida al Estado benefactor. La prestación selectiva (otorgada a través de la investigación del estado financiero de una persona para determinar si tenía o no derecho a recibir asistencia pública) se la quitó.

Primero, se le negó a las clases medias el acceso igualitario a determinadas prestaciones colectivas. Luego, lo pobres fueron los únicos que pasaron a beneficiarse de ellas. Después, las cifras destinadas a tales prestaciones disminuyeron más y más (según la regla de que “los programas para pobres, son programas pobres ”) Finalmente, la última etapa se cumplió cuando, una vez evaporada la universalidad de los beneficios estatales, las clases medias (a las que ya no interesaba su continuidad) promovieron la abolición del Estado benefactor.

El mensaje implícito de la selectividad de los beneficios fue, y sigue siendo, que la necesidad de asistencia social indica el fracaso para vivir al nivel de la mayoría (que no parece tener dificultades para alcanzarlo). Solicitar un beneficio es, por lo tanto, admitir ese fracaso. Es tomar una decisión vergonzante, es automarginarse, porque la mayor parte de la gente nunca parece recurrir al erario público por ayuda.

De tal suerte, la perspectiva de solicitar beneficios no resulta atractiva, y esto hace que cualquier otra alternativa parezca más deseable y razonable, sin importar su calidad. Con el surgimiento de la sociedad de consumo, en esa alternativa está la diferencia.

El consumismo valora, más que nada, la elección: elegir, esa modalidad puramente formal, pasa a ser un valor en sí  mismo, tal vez el único valor de esa cultura que no requiere –ni permite- justificación.

La elección es el metavalor de la sociedad de consumo; el valor que mide y jerarquiza a los demás. El buen consumidor es el que aprecia el derecho a elegir más que el objeto que elegirá, y celebra sus visitas al mercado como la pública manifestación de su sabiduría.

Inversamente, una situación sin elección (la necesidad de tomar lo que se recibe sólo porque a uno no se le ofrece otra cosa) es, en consecuencia, el antivalor en la sociedad de consumo. Así, aunque los servicios del Estado benefactor fueran de calidad muy superior a cualquiera, cargarían siempre con una falla fundamental: Les falta la –supuestamente- libre elección del consumidor.

La forma en que el votante promedio considera el equilibrio entre la elección y los beneficios sociales hace menos atractiva (todavía) la alternativa de recurrir a (y preservar) los servicios del Estado benefactor.

Adaptado libremente de Zygmunt Bauman, Trabajo, consumismo y nuevos pobres (Gedisa: Barcelona, 1999)

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