Investigación Líquida

Investigación Líquida en Megaciudades de América

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Dialéctica urbana

Escrito por investigacionliquida 17-10-2013 en Ciudad. Comentarios (0)

La rapidez sin precedentes y la escala de los acontecimientos que dan forma a  la moderna “Ciudad Líquida” nos han pillado desprevenidos.

Es tal el poder expansivo de la moderna tecnología, tal el oportunismo de la empresa privada, que el placer de pasear por las calles de una ciudad constituye, más bien, un placer de tiempos pasados que un pasatiempo normal.

Camiones, coches, motocicletas, suciedad, basura, olores desagradables, máquinas rugientes e inacabables entorpecimientos visuales se unen para hacer del movimiento a través de una ciudad una prueba para el peatón, al tiempo que el mutuo estrangulamiento del tráfico la convierte en un purgatorio para los que están motorizados.

¿Será posible que la ciudad como centro de civilización, como lugar de reunión humana y de vida y alegría, sea algo que pertenece ya al pasado?

¿O será acaso que la ciudad resultará, a la larga, nuestra mejor creación, una creación que nos hará más ricos, más inteligentes, más ecológicos, más sanos y más felices?

El planteamiento de los contrapuestos de las cosas (la dialéctica) nos sugiere –por una parte- que “lamentando el final de las virtudes rústicas”, las ventajas que representa una ciudad nos resultan tan inciertas como para que hagamos hincapié en ellas (tesis), mientras que –por la otra- “distraídos por las maravillas de la tecnología”, no tenemos noción de la amplitud y gravedad de la situación (antítesis).

Una continuación de esta lógica dialéctica requiere, por supuesto, pensar en una síntesis: una solución a las contradicciones actuales, o por lo menos, “una nueva comprensión del problema”.

Vayamos pues a la ciudad, que constituye, además, el mejor puesto de observación para resolver este acertijo filosófico y pragmático.

¡Bienvenidos!

Crisis de confianza

Escrito por investigacionliquida 04-07-2012 en General. Comentarios (1)

El hecho de que en nuestros tiempos modernos líquidos necesitemos y deseemos vínculos sólidos y fiables más que en ninguna otra época anterior no hace más que agravar nuestra ansiedad.

Incapaces de calcular nuestras sospechas y dejar de husmear posibles traiciones, buscamos –compulsiva y apasionadamente- “redes” de amigos y amistades más amplias, todo lo amplias que nos lo permitan nuestro perfil en “face” o la agenda de números de teléfono de nuestro móvil (la cual, por suerte, adquiere una mayor capacidad con cada nueva generación de dichos aparatos).

Preferimos invertir nuestras esperanzas en “redes” más que en relaciones porque esperamos que, en una red, siempre haya contactos y números de teléfonos móviles disponibles para enviar y recibir mensajes de lealtad. Así, esperamos compensar en forma de cantidad la pérdida de calidad que de ello se desprende.

No obstante, los rastros que tal búsqueda de vínculos sólidos y fiables deja tras de sí tienen el aspecto de un cementerio de esperanzas truncadas y expectativas frustradas, y el camino que se avista por delante es prolijo en relaciones superficiales y frágiles.

Las relaciones no se fortalecen, los miedos no desaparecen y la sospecha de un mal que aguarda pacientemente el momento más oportuno para atacar tampoco se desvanece.

Además, los residentes permanentes del mundo de la modernidad líquida tienden a considerar la huida de los problemas (y de la gente “problemática”) como una apuesta más segura que la de quedarse (por lo menos) a combatirlos (o siquiera comprenderlos). Al primer síntoma, empiezan enseguida a estudiar una ruta de evasión en la que exista una puerta suficientemente pesada y sólida que puedan cerrar tras de sí para cubrir su huida.

Todo esto se añade a la ya de por sí considerable confusión existente y envuelve el futuro en una niebla aún más densa. Y la niebla –inescrutable, opaca, impermeable- es (como hasta un niño lo sabe) uno de los escondites favoritos del Mal. Formada a partir de los vapores del miedo, la niebla hiede a Mal.

Adaptado libremente de Zygmunt Bauman, Miedo líquido (Paidós: Barcelona, 2007)

El votante promedio (¿La mayoría satisfecha? Parte Final)

Escrito por investigacionliquida 21-06-2012 en General. Comentarios (0)

La prestación universal de los beneficios sociales dio vida al Estado benefactor. La prestación selectiva (otorgada a través de la investigación del estado financiero de una persona para determinar si tenía o no derecho a recibir asistencia pública) se la quitó.

Primero, se le negó a las clases medias el acceso igualitario a determinadas prestaciones colectivas. Luego, lo pobres fueron los únicos que pasaron a beneficiarse de ellas. Después, las cifras destinadas a tales prestaciones disminuyeron más y más (según la regla de que “los programas para pobres, son programas pobres ”) Finalmente, la última etapa se cumplió cuando, una vez evaporada la universalidad de los beneficios estatales, las clases medias (a las que ya no interesaba su continuidad) promovieron la abolición del Estado benefactor.

El mensaje implícito de la selectividad de los beneficios fue, y sigue siendo, que la necesidad de asistencia social indica el fracaso para vivir al nivel de la mayoría (que no parece tener dificultades para alcanzarlo). Solicitar un beneficio es, por lo tanto, admitir ese fracaso. Es tomar una decisión vergonzante, es automarginarse, porque la mayor parte de la gente nunca parece recurrir al erario público por ayuda.

De tal suerte, la perspectiva de solicitar beneficios no resulta atractiva, y esto hace que cualquier otra alternativa parezca más deseable y razonable, sin importar su calidad. Con el surgimiento de la sociedad de consumo, en esa alternativa está la diferencia.

El consumismo valora, más que nada, la elección: elegir, esa modalidad puramente formal, pasa a ser un valor en sí  mismo, tal vez el único valor de esa cultura que no requiere –ni permite- justificación.

La elección es el metavalor de la sociedad de consumo; el valor que mide y jerarquiza a los demás. El buen consumidor es el que aprecia el derecho a elegir más que el objeto que elegirá, y celebra sus visitas al mercado como la pública manifestación de su sabiduría.

Inversamente, una situación sin elección (la necesidad de tomar lo que se recibe sólo porque a uno no se le ofrece otra cosa) es, en consecuencia, el antivalor en la sociedad de consumo. Así, aunque los servicios del Estado benefactor fueran de calidad muy superior a cualquiera, cargarían siempre con una falla fundamental: Les falta la –supuestamente- libre elección del consumidor.

La forma en que el votante promedio considera el equilibrio entre la elección y los beneficios sociales hace menos atractiva (todavía) la alternativa de recurrir a (y preservar) los servicios del Estado benefactor.

Adaptado libremente de Zygmunt Bauman, Trabajo, consumismo y nuevos pobres (Gedisa: Barcelona, 1999)

Ascenso y caída del Estado benefactor (¿La mayoría satisfecha? 2ª parte)

Escrito por investigacionliquida 07-06-2012 en General. Comentarios (0)

Para las instituciones administradas y financiadas por el Estado, el adjetivo “benefactor” imponía la responsabilidad de atender el bienestar público, un bienestar que, en tanto público, debía ser visto e identificado por todos.

El Estado benefactor debía garantizar, colectivamente, la supervivencia digna de todos los individuos, como una especie de póliza de seguro que prometía compensaciones proporcionales a las necesidades individuales, y no al monto de las cuotas pagadas por cada uno.

Para que los preceptos del Estado benefactor fueran realistas, era preciso sacar de apuros a quien le fuera mal. También se debía ayudar a los que se encontraban transitoriamente desocupados a sobrellevar los tiempos difíciles, hasta que la economía se recuperara y se ampliara, nuevamente, la disponibilidad de puestos de trabajo.

Sin embargo, cuando la transformación del derecho a una vida digna se convirtió en una cuestión de ciudadanía política, y no en una consecuencia del desempeño económico –socialmente útil, y que sólo se consideraba posible en el marco de un empleo- empezaron las dificultades para el Estado benefactor.

Para los responsables de garantizar colectivamente el bienestar individual, la ayuda del Estado benefactor representaba una especie de salario social, que estimulaba la aceptación de la desigualdad social y ayudaba a cada integrante de la comunidad a paliar el impacto desgastante de una economía sin control político.

Para los partidarios de la ética del trabajo, el derecho a una vida digna –y el consecuente bienestar individual- debía emanar de una vida sostenida por el trabajo (y del dinero que se gana trabajando).

La contradicción entre ambos enfoques era evidente y no sorprende por eso que, desde su instauración a comienzos del Siglo XX, el Estado benefactor haya sido objeto de polémicas, proclamado por algunos como el complemento necesario de la ética del trabajo; por otros, como una conspiración política en su contra.

Pero si bien hay quienes señalan que el Estado benefactor llegó a ser todo eso y mucho más, cabe señalar que la lógica del Estado benefactor reconocía el carácter normal de una vida sostenida por el trabajo, pero advertía, también, que la norma no era universalmente válida debido a que no todos lograban un empleo permanente.

En un mundo ideal (ese que casi siempre prometen los grupos políticos que aspiran al poder), en el que el desempleo resulta cosa pequeña, el Estado benefactor no habría encontrado grandes dificultades.

En el mundo real con el que tuvo que lidiar (ese en el que los índices de desempleo están siempre a la alza) la reducida comunidad de los “empleados” y contribuyentes empezó a cerrar filas y utilizar su poder para encarar al Estado benefactor y segregar a los ciudadanos "deficientes".

El veredicto indignado y moralista que ha servido de reclamo a "los exitosos" fue –y sigue siendo hasta ahora- “Que no se les saque el dinero a los emprendedores y exitosos, para dárselo a los ociosos, fracasados e indolentes”.

De Zygmunt Bauman, Trabajo, consumismo y nuevos pobres (Gedisa: Barcelona, 1999)

¿La mayoría satisfecha? (1ª Parte)

Escrito por investigacionliquida 24-05-2012 en General. Comentarios (0)

Desde que el derecho al voto se universalizó, fue usado repetidas veces para llevar al gobierno a políticos que prometían reparar en forma colectiva los infortunios sufridos en forma individual.

Más aún, el crecimiento indetenible de la protección a los débiles administrada por el Estado inspiró a los politólogos a incluir los derechos sociales en la noción misma de ciudadanía democrática.

Ciertas teorías populares explicaron esa lógica sugiriendo, un poco románticamente, que las prácticas democráticas como tales cultivaban un sentimiento de responsabilidad por el bienestar de toda la comunidad, que es compartido por todos.

Algunos analistas agregaron que, puesto que nadie (ni siquiera los ricos) puede sentirse seguro sin una red de contención confiable, el asegurarse contra una caída por debajo de los niveles de una vida digna resultaba indispensable también –como forma de protección colectiva- para quienes se encontraban a salvo.

Dicho de otro modo: durante casi un siglo, la lógica visible de la democracia hizo pensar que, aunque algunos necesiten –y con más urgencia- más servicios sociales que otros, la existencia de esos servicios y su disponibilidad universal benefician a todos.

Sin embargo, hace dos décadas que los hechos parecen negar aquellas deducciones.

Hoy en día, en un país tras otro, la mayoría de los votantes apoya a los partidos que, explícitamente, reclaman la reducción de las prestaciones sociales o prometen reducir los impuestos a la renta individual (lo que tiene el mismo efecto).

¿Cómo es posible que en una comunidad democrática la mayoría de los votantes apoye el aumento de la desigualdad, la discriminación y la exclusión? Tal cosa jamás había ocurrido; al menos, desde que el voto es realmente democrático, desde que se extendió de las clases propietarias a todos los ciudadanos adultos.

Debe de haber habido una buena razón…

De Zygmunt Bauman, Trabajo, consumismo y nuevos pobres (Gedisa: Barcelona, 1999)